Al cerrar la puerta

Marta Torres Falcón

Soledad se sorprendió una mañana clara interrogando a un espejo empañado que de manera fragmentaria le devolvía la imagen de un pómulo morado, un labio hinchado y enrojecido, y una expresión de tristeza que jamás imaginó como propia. Tocó su rostro con cuidado, como si no le perteneciera, y escuchó de su propia boca las explicaciones que siempre había rechazado: “No sé por qué estaba tan enojado, pero seguramente se le pasará..., tiene muchas presiones en el trabajo y no sabe cómo manejarlas..., tal vez yo hice algo que lo provocara, pero... bueno, no es tan grave... digo, si sólo ocurre una vez... es que perdió el control y yo tampoco supe qué hacer..., mi marido no es así..., lo importante es que nos queremos y juntos vamos a salir de ésta...” Es innecesario anotar que todo esto lo iba diciendo a borbotones y secando las lágrimas en las pestañas, para que no llegaran a las heridas.

     Desde que formuló el primer enunciado, Soledad sabía que estaba tejiendo una red de autoengaños y que tarde o temprano la verdad caería por su propio peso. Sin embargo, en ese momento necesitaba aferrarse a algo –cualquier cosa, incluso una mentira- para no hundirse en una depresión que la arrojara a la cama varios días. Se arregló el cabello con esmero y eligió el tono de maquillaje más adecuado para disimular los golpes. Al terminar dirigió al espejo una última mirada esperanzada. Su sentimiento era claramente de HUMILLACIÓN.

     En realidad Soledad jamás pensó que podría recibir un golpe –y menos de un marido que siempre había sido dulce y cariñoso- y trata de sobreponerse a una situación que claramente la rebasa. Esta es sólo una historia entre muchas variantes que producen incredulidad y enojo, hartazgo y resentimiento, molestia y dolor. Una constante en las vivencias de diversas formas de violencia (física, psicológica, sexual) es que la comunicación, como la luna nueva, brilla por su ausencia. Y mientras tanto siguen acumulándose infamias y rencores en un laberinto cada vez más intrincado: las palabras dejan de producir eco al ser sustituidas por gritos contundentes, el silencio se impone sin concesiones, al primer golpe siguen otros cada vez más frecuentes y más intensos, y al avanzar a ciegas, buscando inútilmente una luz al final del túnel, cada tropezón revive el escozor de antiguas y nuevas heridas. Las lágrimas humedecen las almohadas o se condensan en horribles pesadillas. No se ve la salida. Todo parece un caos, un pantano insalvable.

     La vida en pareja es algo sumamente complejo. No corresponde con los finales siempre felices de los cuentos infantiles, ni con los sueños e ilusiones adolescentes, ni con las esperanzas de una vida dichosa y apasionada que muchos jóvenes llevan a su boda. ¿Por qué? ¿Qué pasa en la vida de una pareja que deshace ilusiones y destierra alegrías? ¿Cómo es que la violencia se instala en la pareja y despliega todo un abanico de manifestaciones?

     Hay parejas que establecen y mantienen una dinámica muy destructiva, cuyo telón de fondo es la más absoluta incomunicación. La incomprensión echa raíces y se extiende en un silencio que denota indiferencia, desinterés y condena. En ocasiones, éste sólo es interrumpido con insultos, humillaciones, burlas y reclamos. De las ofensas y la descalificación a los golpes sólo hay un paso. Y una vez que la violencia física se instala en la relación, es muy difícil que las cosas cambien, aun cuando exista la voluntad genuina de ambas partes para hacerlo, si no se cuenta con apoyo especializado. Además, cuando hay maltrato se vive un aislamiento progresivo; hay una incapacidad para comunicarse y pedir ayuda, incluso a las personas más allegadas. El encierro, real o virtual, tiene graves consecuencias. La más inmediata es que se vuelve cómplice de la violencia.

     Este breve panorama, bastante general, permite tener una idea somera de todo lo que puede ocurrir en el interior de una relación. De manera muy sintética, podrían anotarse las siguientes características: la violencia no se agota con los golpes; las manifestaciones más frecuentes del maltrato –aunque a veces invisibles- son de índole psicológica. La dinámica que se establece es progresiva y en muchos casos, lamentablemente, mortal. Para erradicar la violencia de la vida cotidiana se requiere la articulación de múltiples esfuerzos especializados en distintas esferas de la vida; no basta la voluntad individual.

     El rasgo definitorio del maltrato en casa es precisamente que ocurre al cerrar la puerta, en ese espacio privado que tiene múltiples significados: lo íntimo, lo secreto, lo inaccesible, lo ignorado y rechazado, lo cálido, lo propio.

 

(Fragmento de la Introducción del libro Al cerrar la puerta. Amistad, amor y violencia en la familia, publicado por Grupo Editorial Norma, 2005.)